Continúo sentado en la roca, mirando el mar embrabecido, un largo rato, antes de iniciar mi marcha hacia la cueva, dónde prepararé el pescado que he capturado hace un rato. La cueva, mi casa, no se parece en nada a los lugares en los que había vivido antes, pero tiene algunas ventajas como por ejemplo la temperatura. Sin calefacción ni aire acondicionado se está divinamente los 365 días del año. Siempre hay que ver el lado positivo de las cosas, no me queda otra. Al fín y al cabo no se está tan mal aquí a pesar de no tener agua corriente y a pesar de los mosquitos. Podrían llamarle "La isla de los mosquitos" a este lugar, hay cientos de ellos en esta cueva y miles de millones en toda la isla. ¡Y los humanos pensamos que el mundo es nuestro!. Los mosquitos ganan aquí por millones a uno, ya que soy el único humano que hay en la isla.
Va a hacer un año que estoy aquí y dos años del accidente. Caí de una altura de diez metros a un depósito de perboclorato súlfico, algo tan o más corrosivo y dañino que el ácido sulfúrico. La caída ha provocado lesiones y deformidades permanentes en mi cuerpo. Cojeo ya que mis piernas ya no son rectas, llevo un hombro mucho más bajo que el otro y mi cráneo deforme, ya no parece el de un humano. El perboclorato provocó severas quemaduras en todo mi cuerpo incluido el rostro, perdí un ojo. Incluso, debido a los daños que ha sufrido mi piel, me crece pelo donde no debería de crecer. En fín, que soy técnicamente un mostruo.
Mi mujer aguantó el verme unos meses hasta que se fué a vivir con el que era su jefe y ahora debe ser su marido. Nunca he tenido hijos. Ahora sé que nunca voy a tenerlos.
Después de lo de mi esposa cobré un dinero como indmenización por el accidente, dinero que aquí, en la isla, no sirve de nada ya que no hay dónde gastarlo. La isla está desierta, por eso vine.
Pasé un auténtico calvario en la ciudad, después del accidente. Salía a la calle y los niños al verme lloraban asustados buscando protección en su madre o padre. Las mujeres, que antes me miraban al cruzarme con ellas (la verdad es que era muy guapo antes del accidente), ahora giraban la cara huyendo de la imagen de mi rostro. Iba a comprar algo, al supermercado, por ejemplo, y la cajera se miraba las rodillas al darme el cambio para no tener que verme la cara. Los adolescentes, que por tener esa condición carecen de tacto, lanzaban insultos y se reían ostentosamente al verme. Yo por mi parte, al llegar a casa, lloraba y lloraba y sufría por lo que volvería a pasar al dia siguiente en la calle.
Me encerré un tiempo en casa hasta que decidí que no tenía cabida alguien como yo en la sociedad, la gente no estaba preparada para cruzarse con un monstruo y ser la misma persona invariablemente. Busqué en internet información sobre lugares inhabitados del mundo y encontré esta isla, situada cerca de Borneo, en la que el hombre parece no tener ningún interés en habitar y explotar.
Mi vida consiste en cazar, cultivar, bucear (me encanta bucear), dormir, asearme y en fijarme en el horizonte sentado en ésta roca esperando el día en que aparezca una embarcación dispuesta a venir aquí. Será entonces cuando tenga que buscar en otro lugar la tranquilidad y libertad de la que ahora disfruto.
En ocasiones sueño con niños que lloran y madres que miran para otro lado pero afortunadamente eso ya no forma parte de mi realidad.

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