martes, 20 de abril de 2010

Huésped del Reich (escrito por Montse Latorre)




Otoño de 1940


Hoy tarde desembarcamos en Polonia. Pese a todo, parecía un país tranquilo, de tan tranquilo que pecaba de abandono, de derrota. Aquella guerra lo había convertido en un país oscuro, solo y aburrido. Sus calles eran barridas por el polvo y los árboles tímidos dejaban ir sus hojas amarillas, siendo ellas las únicas habitantes de aquellos parajes tristes.
Vimos algunas casas de camino a Auschwitz; daban la idea de haber sido humildes viviendas, espectadoras de la caída de un pueblo, de un mundo entero. Cubiertas por un humo gris, sus paredes parecían tristes muros perniciosos.
Pude ver poco más desde el camión en el que viajábamos unos treinta hombres, contagiados por lo fúnebre de aquel paisaje. Me pareció ver una sombra al pie de una ventana de las últimas casas que pasamos. Parecía alguien muy jóven, que al vernos se asustó, huyendo de la luz.
Pero nosotros no éramos malos, éramos víctimas premiadas a vivir aislados entre los muros de un campo de concentración. Donde cosechar nuestra muerte poco a poco y donde nos observarían como a cuerpos humanos que van perdiendo sus facultades hasta quedar heridos por un simple soplo de aire. Algunos de nosotros preferíamos morir de un tiro en alguna de aquellas calles, o en el mismo camión en el que viajábamos. Pero al buscar, encontramos un poco de esperanza, y nos mirábamos los unos a los otros, aterrorizados por acabar tan locos como ellos; los que guiaban los camiones, los de los galones en los hombros y escopeta en mano. Nazis sin doctrinas, padres, hijos, abuelos de sus hijos, padres o nietos igual de nazis, asesinos, violadores, racistas.
Cuando llegamos al campo, rodeado por bastos muros infranqueables, nos tiraron al suelo desde los camiones y nos arrastraron como a perros hasta lo que parecía un comedor. Allí nos alinearon por grupos según la edad. A los más viejos les ataron unas cadenas a sus pies, y unos con otros avanzaban hacia uno de los dormitorios, guiados por los latigazos en sus temblorosas rodillas. Entre ellos había una mujer. A ella se la llevaron a otra de las habiraciones. Llevaba un viejo vestido de tela de saco; bajita, sucia, sin a penas pechos. Nos miró asustada antes de ser empujada por uno de los soldados hasta la habitación. A ella no le ataron los pies, no les interesaba.
A los más jóvenes, entre los que me encontraba yo, nos ataron de igual manera. Algunos nos escupían a la cara y luego nos azotaban con el látigo en la espalda. Nos condujeron hasta una habitación en la que sólo había una mesa plegable y sobre ésta, una vieja cuchilla de barbero. Nos afeitaron la cabeza hasta verla brillar, mientras, ellos nos miraban y reían con sus chistes alemanes. A algunos la sangre que emanaba de los cortes en la cabeza les cubría parte de la misma. Entre nosotros también estaba una mujer, Emeline se llamaba, pero a ella no le cortaron el pelo. Tenía una bonita melena rubia recogida por un moño despeinado. Uno de los alemanes pidió que no se la cortasen y se acercó a ella, le cogió del moño y le restregó la lengua por toda la cara hasta la boca. Luego se la llevaron. Henry gritó: ¡Emeliiiinnnne!.

Después de aquello, entre unos cuantos nos pegaron para que nos quitásemos la ropa. Lo hicimos. Desnudos, formábamos en fila de a uno, mientras nos llegaba ropa supuestamente limpia. Uno de los nazis se acercó, se quitó la correa de los pantalones y, diciendo algo en alemán golpeó a Henry en la entrepierna una y otra vez, hasta que cayó al suelo abatido por el dolor. Los demás nos vestimos y nos condujeron otra vez al comedor.
Nunca olvidaré aquellas escenas, era degradante ver como nuestro orgullo era pisoteado de aquella manera. Pero no podíamos hacer nada, sólo esperar e intentar sobrevivir en aquella cárcel de animales, hipócritas, sin sentimiento alguno de humanidad.
La comida que nos dieron después era algo parecido a lo que comen los perros. Justo después de comer, nos dieron una pala a unos y un pico a otros, y nos condujeron al patio. Allí pasamos unas diez o doce horas picando gruesa piedra de mármol. Algunos hombres doblaban sus rodillas, achicharrados por el sol, hasta caer al suelo, pero pronto eran levantados a fuerza de latigazos. No nos dieron de cenar más que un trozo de pan duro y una salchicha cruda. Luego, nos mandaron a dormir. Entonces, nos quitaron las cadenas de los pies y nos asignaron a cada uno su cama, con un pequeño cajón donde guardar nuestras cosas. Yo sólo llevaba en mi mochila: un libro ("20000 leguas de viaje submarino"), un bolígrafo y esta libreta. La navaja y los cigarrillos me los quitaron los nazis al subir al camión.
Durante la noche sólo oí llantos. Al fondo de la habitación alguien no dejaba de llorar, lloraba como un niño, lloraba de rabia y de dolor. Lloraba por todos los que no nos atrevíamos a hacerlo, aún teniendo las venas llenas de lágrimas y el miedo de no volver a casa nos agarrotaba el corazón. Todos esos oíamos aquel llanto infantil; descarga de una pena, desahogo de un alma herida por el pánico.
Y todas las noches de otoño nos oíamos llorar en silencio.

Invierno de 1940

Llegó el invierno. Lo notamos porque las ratas corrían entre los cajones a causa del frío, y una neblina gris cubría los cristales empañándolos; mejor, así podíamos imaginar que aquella era nuestra casa en la ciudad.
Nos dieron una manta fina de algodón, pero aún así, por las noches sentíamos helar los pies. De los treinta prisioneros que éramos, solamente dieciocho vivíamos. A Henry lo mataron en octubre por intentar huir a medianoche. Oímos a los perros ladrar y luego un disparo. Oliver murió de un ataque al corazón en la pedrera en la que trabajábamos todos los dias. Raimon se volvió loco y se cortó las venas con un hierro del somier de su cama. A las mujeres se las llevaron al hospital militar, anémicas a causa de la mala alimentación. Otros cuantos morían de calor, y de agotamiento los más viejos. O a tiros a causa de una falta de mal comportamiento o insolencia hacia los soldados nazis. O incluso, por intentar ayudar a un compañero. Nosotros sabíamos cuando alguno había muerto porque las largas chimeneas del crematorio expulsaban un humo negro como la Muerte, cubriendo el cielo de un velo negro. Luto por unos hombres que almenos conocían la libertad después de muertos.
Yo intentaba seguir despierto, me juré que no iba a morir en manos de aquellos asesinos. Aunque hubiese que picar, que pasar hambre, mi orgullo valía más que el de todas aquellas ratas alemanas.
Y aunque escupíamos por dentro sus caras, teníamos que obedecer y confiar en que algún día íbamos a despertar de aquella pesadilla.
Una vez a la semana llegaba al campamento un camión del que bajaban aproximadamente unas diez o doce mujeres. Sólo seis de ellas volverían al camión al dia siguiente. Eran para los soldados. Ellos se ponían muy contentos, y se arreglaban con sus mejores trajes. Los veíamos desde la rejilla del lavabo que daba al exterior. Cuando ellas bajaban del camión (todas mujeres humildes, mujeres de maridos pobres), las ponían en fila en el muro del patio, y uno a uno escogía la que más le gustaba. Muchas veces se peleaban entre ellos. El jefe o "Sir Halfen" como se llamaba, escogía primero y antes de llevársela les tocaba los pechos. A él le gustaban gordas, cuanto más gordas mejor. Al amanecer, las dejaban desnudas frente a nuestras habitaciones, y se reían de nosotros mientras las pobres mujeres lloraban acobardadas por las pistolas en sus gargantas.
Muchas veces, mis compañeros se sentaban en mi cama y yo les leía las historias de Julio Verne, a la luz de aquella vela que hicimos con grasa de cerdo y una mecha. Les leía capítulos enteros y aquel hombre que lloraba dejaba de hacerlo para escucharme. Pasábamos horas allí sentados, entre el tiempo que veíamos las linternas de los nazis al fondo del pasillo cada veinte minutos. Entonces volvíamos a encenderla, con esa cara de picardía de un niño de apenas cinco años. Felices por haber superado otro día. Felices por seguir vivos. Cómplices todos de aquella situación.

Invierno de 1941

Hoy es domingo. Lo sé porque nos pusieron olivas en la comida. Todos los domingos lo hacen. Hace meses que ya no escribo. No lo he hecho porque me quemaron las manos el mes pasado. Robé un hueso de pollo en la cocina y me pillaron. - ¡A los ladrones se les castiga!- dijo el capitán. Y me quemaron las manos con un soplete. Hoy ya estoy mejor, ya no me duele tanto.
Creo que me voy a morir.
Peso a penas treinta kilos y el pelo se me cae. En la pedrera ya soy un estorbo para ellos, porque ni siquiera puedo sujetar el pico. Ayer vi como un nazi me señaló con el dedo, como había hecho con mis amigos antes de matarlos.
Ya no me quedan ganas de luchar. Ya no me quedan ganas de vivir. Lo siento. Y prefiero hacerlo yo, antes de que disfruten ellos.
Soy un cobarde, lo sé. Pero sólo al morir saldré de aquí. Y quiero salir ya.....quiero morir ya.


...y al fondo de la habitación ya no se oyen llantos, porque ya no queda nadie en ella.....

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