miércoles, 7 de enero de 2009

El muro


Me levanté temprano. Aún no teniendo nada que hacer, el despertador de la costumbre hizo bien su trabajo. Hacía ya nueve meses que la fábrica en la que trabajaba cerró sus puertas dando un varapalo tremendo a ciento cincuenta familias como la mía. Nos dejaron en la calle sin ningún tipo de indemnización, se declararon insolventes. Ahora era mi esposa Margie la que sustentaba la economía familiar. Como siempre antes de salir de casa me preparé la mochila con todo lo que iba a necesitar: una gorra, los prismáticos, la cámara de vídeo, la de fotos, el micro amplificado, algo de picar y un par de latas de coca-cola. Margie no llegaría a casa hasta la tarde, como de costumbre. Disponía de toda la mañana y del mediodía para mirar. Pasaría por el muro después de cumplir con mi obligación diaria de acudir a la oficina de desempleo para buscar trabajo. En realidad yo no quería trabajar, me horrorizaba la idea de dejar de observarla a diario, agazapado detrás del muro, disfrutando de un sinfín de posturitas, desfiles en ropa interior, gestos graciosos, bailes improvisados mientras limpiaba el suelo e incluso sexo con alguno de sus múltiples amantes; todo ello confiando en la “protección” visual que le proporcionaba el muro de hormigón que rodeaba la casa.
La descubrí por casualidad. Una mañana mientras paseaba a mi perro Scotty por el parque éste empezó a correr tras un gato y yo tras él. Corrimos bastante y al llegar junto a un pequeño embalse topé con un muro de hormigón. La curiosidad hizo que encontrara una rendija que permitía ver la gran casa. Entonces la vi tras el ventanal del salón. Era preciosa: rubia, pelo largo, ojos grandes, boca sensual y un cuerpo de ensueño. Tendría unos cuarenta años. Hasta entonces nunca había observado a alguien durante tanto tiempo sin que esta persona supiera que la miraban. No imaginaba lo interesante que podía llegar a ser observar la naturalidad de alguien, así que convertí este incidente en una rutina diaria. Llegué a saber a que hora se levantaba y cuantas veces sonaba el despertador antes de que lo hiciera, que desayunaba (cereales con moras y leche), que música le gustaba escuchar, que programas de televisión veía. Debía de ser soltera ya que, dejando al margen su eventual actividad sexual, siempre despertaba sola, aunque cabía la posibilidad de que su poco respetado marido se levantase más temprano. Llegué a enamorarme de ella y más tarde ese amor se había convertido en obsesión. Me excitaba mirarla, incluso un día, viéndola hacer el amor en el sofá con uno de sus amantes, llegué a masturbarme, allí, en medio del parque. Cuando terminé recogí mis cosas y me fui arrepentido a casa. Más tarde repetí, sin arrepentimientos.
Ésta vez tenía pensado grabarla con la cámara de vídeo, hacía un buen día, quizás saliera al jardín a leer o tomar el sol. No ocurrió nada de esto pero a la hora de comer sí ocurrió algo inesperado. Tenía visitas. Hicieron entrada en la casa dos chicos y tres chicas, todos ellos muy jóvenes, unos veinti-tantos años y bastante guapos, parecían modelos. Se notaba que tenían clase. La anfitriona preparó abundante comida y todos se sentaron a comer. Después de comer se sentaron en los sofás, fue entonces cuando comenzó a ponerse interesante el asunto. Los besos apasionados de unos con otros, incluso a veces con personas del mismo sexo, dieron paso a los tocamientos y más tarde al sexo más salvaje y desenfrenado. Era una auténtica orgía. Mis ojos no daban crédito, yo diría que ni parpadeaban. De repente todos pararon, sonó el timbre de la casa. Alguien venía a sumarse a la fiesta, otro chico quizás, ya que éstos eran minoría. Entonces la vi, atravesando el umbral de la puerta principal, era Margie. Muy arreglada, con ropas y un corte de pelo nunca vistos por mí, pero no cabía sombra de duda, era ella. Al poco de entrar, uno de los chicos se acercó a ella y, tras las presentaciones, la besó en la boca y le quitó la ropa. Margie no puso objeción y se sumó a la fiesta. Quedé perplejo. No pude soportarlo, salté el muro y entré en la casa con ánimo de matar a alguien, probablemente a mi mujer. Finalmente no lo hice sino que conocí a esas personas y ahora mi vida sexual es más interesante de lo que nunca hubiera imaginado.

No hay comentarios: