sábado, 23 de abril de 2011

Conexión


Él espera, paciente, en casa de unos amigos a que lleguen los demás para dejar de sentirse algo incómodo. Siempre es el primero en llegar, puntual. Ella llega la última, después del resto, acompañada de su marido. Sonríen, a ella la besa primero, a su marido le estrecha la mano después. Él bromea, todos ríen. Cena, bebida, risas, regalos, humo, más risas, juegos de mesa, más juegos, cansancio, sofá y película. Ella sentada cerca de él, junto a su marido, que, demasiado bebido, ronca ya levemente. Él se recosta en el sofá, buscando comodidad. Ella, fingiendo lo mismo, le dice: - Puedo?. Él asiente y ella coloca su cabeza en el pecho de él, a modo de almohada, los dos boca arriba, ligeramente inclinados. Él fija la mirada en su nuca de bello rubio, se droga con su olor a perfume infantil. Placebo. Le aparta un mechón de pelo colocándoselo detrás, encima de su oreja, para apartárselo de los ojos y dejarle ver la película que no suena, que han dejado de escuchar. Ansían parar el tiempo y poder revivir ese instante a elección, en un futuro. Él le susurra al oído: - Sabes que, eres muy guapa. Ella duda y al poco dice: - Que va!! Creo que no lo soy. Él, predictivo (cree que esto ocurrirá), le dice: - Sabes lo malo de eso?. Y añade sin esperar respuesta: - Que algún día creas realmente que lo eres, que eres preciosa, al cien por cien quiero decir, te restará humanidad y perderás tu verdadera belleza. Él no ve la lágrima que asoma en el ojo de ella, se siente presa. Ella se hace la dormida y, del silencio (la película ha perdido ya todo su interés), él se queda dormido. Ella no duerme en toda la noche. No ha parado de pensar, de sentirse infeliz, de llorar en silencio.
En la mañana despiertan todos y ellos fingen normalidad ocultando sus sentimientos a los ojos del resto. Todos se marchan a sus casas, ellos dejan en aquella su pensamiento.
A ella ese pensamiento, convertido ya en recuerdo, le lleva a la reflexión y decide salir de su cárcel. Siempre se ha sentido inferior, infravalorada por aquél marido egoísta al que ahora dice adiós.
El recuerdo de aquella noche hace que ellos, pasados unos meses, vuelvan a verse, ahora sí, sin compañía. Toman algo, hablan y se ríen ambos de sus propios errores del pasado, sentados en un chiringuito de la playa. Cansados ya de estar sentados deciden caminar. Huyendo de miradas ajenas se sientan frente al mar, en la arena. Se dejan llevar por el solitario sonido de las olas y por la brisa marina, formando parte de ésta. Se emborrachan de tranquilidad. El tiempo pasa, se hace tarde. La tarde deja paso a la noche. Ella, llevada por la antigua costumbre, comenta que no se gusta a sí misma. Él le dice: - No digas eso Emma, a mí me gusta hasta tu nombre. Ella pregunta el porqué. Él dice: - No sé... (piensa, recuerda el motivo, lo tiene en su interior) por las dos emes -contesta-. Ella le dice: - No lo entiendo. Él se explica: - Sí, juntas los labios al pronunciar tu nombre, eso me gusta, me hace pensar. Ella sonríe y calla. Piensa un minuto mirando el mar, el horizonte. Se excita. Los dos miran a la vez, por un segundo, los labios del otro.